REVELACIÓN Y LIBERACIÓN
Domingo IV
B. Dt 18, 15-20; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28
REVELACIÓN Y LIBERACIÓN
Cafarnaún es el centro de la actividad de Jesús en Galilea, allí acompañado de sus discípulos proclama la venida del Reino.
Una doctrina nueva
Jesús escoge desafiante el tiempo y el lugar de su predicación en sábado y en la sinagoga (cf. Mc 1,21), es algo frecuente en este evangelio. El Señor no teme enfrentar a quienes se niegan a aceptar su mensaje. El pueblo distingue entre su anuncio y la enseñanza de los escribas, entre el llamado al amor y el formalismo religioso (cf. v. 22). La práctica de Jesús muestra el carácter liberador de su palabra, ella desata los lazos de servidumbre, de falsas concepciones, de falsos dioses, de engañosas prácticas (cf. vv. 23-26). El Señor nos quiere libres para poder consagrarnos a lo que se nos pide como colaboración a la llegada del Reino. Libres para amar, diría San Pablo.
Quienes escuchan a Jesús se asombran. Lo que oyen les parece “doctrina nueva, expuesta con autoridad” (v. 27). Para una mentalidad cerrada al cambio, nuevo es sinónimo de falso. Pero nuevo es siempre el mensaje del amor porque nos llama a abandonar el camino del egoísmo y del formalismo y a tomar la senda de la generosidad y de la coherencia.
Jesús está al comienzo de su misión, tal como la presenta Marcos, y la lleva a cabo en sus términos. Jesús, conocido como “de Nazaret” (v. 24), es contrario a las fuerzas del mal. Su vida hará retroceder la presencia de la muerte. Su testimonio se hizo conocer y “se extendió por todas partes” (v. 28). Nos toca llevar el anuncio del Reino de paz y justicia más allá de Galilea, “hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8) y hasta lo más profundo de nosotros mismos.
Profeta y hermano
El profeta es uno de nosotros, un miembro del pueblo, un hermano, elegido por el Señor para que sea su portavoz (cf. Dt18,15). Así el pueblo no se apartará de la fidelidad al Señor. Dios nos habla a través de sus enviados, en sus bocas Él pone sus palabras, ellos dirán al pueblo cuál es la voluntad del Señor. El Señor pedirá cuentas a quienes no escuchen a los profetas (cf. v. 19), pero lo hará también con los profetas que no comuniquen lo que Él les mandó decir (cf. v. 20). También en nuestra América Latina y en nuestro país, Dios suscita profetas para hablarnos en su nombre. Gracias a ellos muchos en este continente hemos sabido lo que Dios quiere de nosotros hoy. Pero el profeta por excelencia es Jesús, su profecía es la norma de nuestras vidas. Su doctrina siempre es nueva para nosotros.
Para que sepamos escuchar lo que confía a sus profetas, el Señor nos quiere libres. Eso es lo que pide Pablo (cf. 1 Cor 7,32-35), las otras responsabilidades y tareas -por nobles e importantes que sean- deben estar supeditadas a la primera de ellas: el anuncio del Reino por medio de gestos concretos de amor al prójimo.
